Donde viven los duendes

Me confieso una urbanita de los pies a la cabeza. Me fascinan las ciudades y la gente que vive en ellas, sobre todo aquellas en las que todo se mezcla. Y encuentro un punto romántico en las marabuntas de gente que viene y va, donde todos miran pero casi nadie se ve…

Sin embargo, si me llevan a un valle perdido (en este caso de la montaña asturiana) como este fin de semana, a medida que pasan las horas mis pulmones aplauden, mis ojos brillan en verde y mis coloretes se acentúan como si fuese la mismísima Heidi. Y todo ello se combina en un cóctel de bienestar que me hace preguntarme si no tuve algún antepasado que vivió tan ricamente en un valle perdido , y cuyos genes afloran cada vez que a mi nariz llega el olor a brezo

La montaña asturiana tiene un verdor casi de cuento de duendes. Es cierto que suele estar nublada, que la niebla se aferra a las laderas y hasta a las vacas, que hace frío y que llueve. Pero debe ser así para que después despliegue todos sus encantos en los días de sol. He venido varias veces aquí y siempre me voy con la sensación de que ni la mejor foto podría captar lo que captan mis retinas. La primavera estalla en un aluvión de vida y los sonidos maridan con una extensa paleta de colores de flores, musgos y líquenes, como un buen vino para el mejor de los platos.

Y sí, es cierto. La montaña asturiana me vuelve poética, qué le vamos a hacer!! Nuestra escapada ha tenido su punto gastronómico, muy, muy casero, eso sí. Nuestro anfitrión, una vez más, nos ha mimado como si fuéramos los ocho clientes más exclusivos de la temporada. El bizcocho de su señora no tiene rival (una docena de huevos y el aroma a limón y anís hacen maravillas!), el chorizo mezcla de cerdo y ternera se deshace en la boca y las fabes que nos llevamos de vuelta apuntan maneras para una buena escapada al monte con colofón de plato de cuchara.

Panazo de masa madre para acompañar al pote

Madrugones, paseos por el monte, desayunos pantagruélicos (con los panes de una servidora que desaparecieron del plato) y un día de pote de berza con sacramentos combinado con siesta al sol que quedó bautizado como uno de los mejores momentos de este año.

El bizcocho de Irene

Pintxo dándolo tó

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