Ahora lo entiendo todo…

Sorprenderá el título de este post. Pero prometo que tiene su razón de ser. Hoy me han visitado mis padres y hemos estado comiendo por ahí y charloteando de lo divino y de lo humano. Los dos nacieron en sendos pueblos navarros, muy diferentes. Mi padre es de Lerín y mi madre de Ezprogui.

Mientras nos tomábamos un vinito antes de ir a comer, mi padre ha comenzado a hablar de los panes que hacía mi bisabuela Julia. Al parecer, eran panes famosos en Lerín y todo el mundo envidiaba los secretos que mi bisabuela confería a su elaboración. Mi padre la recuerda amasando con sus manos fuertes y horneándolo bien en el horno de casa, bien en el comunitario del pueblo. Era un pan blanco en forma de hogaza, jugoso en su interior que, según mi padre, “duraba fresquísimo una semana entera”. Me hubiera gustado conocerla, la recuerdo viejita, viejita, sentada en una silla en la cocina de su hija Margari en Lasarte. Su otra hija, Isabel, mi abuela paterna, cocinaba como los ángeles y hacía unos bizcochos, unas rosquillas y unas magdalenas para morirse. Anda que no habremos merendado veces en su casa de Jarauta… Nos ponía las magdalenas todavía calentitas en una perola con chocolate y nos las comíamos en el salón viendo la tele con mi abuelo Ángel, el inventor.

Por su parte, los recuerdos panaderos de mi madre se centran en su padre David Ángel, mi abuelo. Tampoco lo conocí, murió cuando tenía poco más de un año, y también me apena no haberlo hecho porque todo el mundo que me habla de él, aparte de mi familia, guarda un buen recuerdo. Mi abuelo amasaba el pan en la finca donde vivía con mi abuela, La Ita, y mi madre y mi tía. Es una finca que todavía conservamos, en la que he correteado de pequeña en eternos veranos y a la que vamos muchos fines de semana a pasar buenos ratos. Mis abuelos producían su propio vino, su aceite, tenían sus frutales, su huerta y, por supuesto, cultivaban y cosechaban su trigo, que luego molían en el molino de piedra al final del camino. Y mi abuelo se encargaba de hacer el pan, que lo preñaba con chorizo y lo acababa en forma de mano para divertir a sus hijas. Mi abuela Carmen , a la que sí conocí y con la que me llevaba a las mil maravillas, también cocinaba para quitarse el sombrero. Curiosamente, una de las cosas que más recuerdo de ella eran sus trufas, que boleaba mientras cantaba canciones de todo tipo. Para cada frase, La Ita tenía una canción.

Nunca había hablado con mis padres de estos recuerdos panaderos familiares hasta hoy. La llegada de las navidades me hace acordarme especialmente de mis abuelos, que ya no están, y a los que seguro que les hubiera gustado conocer 220º. En fin, supongo que este giro en mi vida tenía que venir de algún sitio, ¿no? :)

P.D.: Tenemos pendientes varias cosas en este blog, desde las fotos de los cursos del fin de semana, hasta nuestra estelar aparición en la tele. Hoy me apetecía hablaros de mi familia, pero mañana prometo colgar las pruebas visuales y audiovisuales!!

2 Respuestas a Ahora lo entiendo todo…

  1. Aupa Elena,

    Que bien que te hayas sentado a hablar sobre esos temas. Se ve que de casta le viene al galgo.

    Yo también tengo algún que otro gen panadero, con el que he podido compartir algo (muy poco) cuando era pequeño. Una pena no haber podido tirar más de ellos, pero bueno, tengo una idea en mente con la que espero poder conectar de alguna manera … ya te contaré.

    bs

  2. Gracias por el comentario Xabi. Curiosamente, nunca jamás había hablado con mis padres de estos antepasados panaderos. Pero me parecieron tan bonitas las historias que merecían un post. Ya me contarás qué tienes entre manos, que estoy intrigada!! :)

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