El carril bici del Danubio: manjares y tópicos

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Ya sabía yo que esto iba a pasar… En cuanto llega la vorágine de septiembre, se acabó la paz y tranquilidad para sentarte un rato a escribir :) Pero os prometí alguna entrada gastronómica y hela aquí. Nuestros manjares en un viaje de tres semanas en bici donde todo es posible. Dividiré este relato en dos partes: los menús bicicleteros y Viena, que merece un post aparte.

Creo que ya lo he comentado alguna vez en este blog: cuando voy a otros sitios, me encanta fisgar en los estantes de los supermercados. La oferta de tiendas de barrio, súpers, hipers o ultramarinos es como una foto de las neveras de los lugareños. Alemania fue todo un descubrimiento en este sentido. Por una parte, porque si bien es cierto que las grandes superficies se esparcen como champiñones (un clásico de la globalización), también lo es el hecho de que el súper pequeño estaba presente en todo pueblecito en el que paramos. Y, por otra, porque la oferta de estos establecimientos sacarían los colores a muchas firmas de por aquí. El abanico de productos ecológicos es inmenso y su presencia en la cesta de la compra de los alemanes, algo habitual. ¿Adivináis de dónde eran muchas de las frutas y las verduras en ecológico? ¡Premio! De aquí al lado.

Por cierto, que en Alemania descubrimos que los agrazones se consumen habitualmente. Son esos frutos que están en la segunda tarrina de la derecha, debajo de los arándanos, y en Álava eran habituales en las mesas de antaño. Curiosamente antes de irnos tuve la suerte de conocer a un chico que está intentando recuperar algunas plantas. Los agrazones que me dejó a probar eran más pequeños y con menos pulpa que los alemanes, pero igualmente exquisitos.

Las backëreis (panaderías) se esparcían cual melodía panadera; éstas y los ultramarinos fueron nuestras principales fuentes de avituallamiento. Daba igual el tamaño del pueblo; nunca estuvimos desabastecidos. Eso sí, nada de pagar con tarjeta de crédito. Al parecer, los alemanes son muy celosos de regalar dinero a los bancos y no aceptan tarjetas, no sólo en tiendas de alimentación, sino en hoteles, casas, restaurantes… Voy a resistirme a la tentación de sacar conclusiones… :)

Los precios nos sorprendieron mucho. La compra no era cara para nada; ni lo era el producto ecológico ni otras cosas como la fruta, por ejemplo. Y fue una regla de tres que se repitió en los restaurantes que visitamos, que fueron unos cuantos. Una cena para dos con litros de cerveza (literal) y volcanes de comida (denominación con la que Luis bautizó las raciones de algunos restaurantes) salía por una media de 25€-30€, por no hablar de los restaurantes italianos, donde los platos de pasta raramente excedían los 5€ (algo que me lleva a constatar mi queja habitual: ¿por qué aquí tenemos que pagar hasta 12€ por unos espaguetis?). El producto estrella en las zonas que visitamos era el cerdo en todas sus versiones: salchichas, filetes, picadillo (una de las especialidades de los suabos son los Swabian Ravioli, rellenos del animalito)…

El cuto también protagonizaba el desayuno, el flamante frühstück que nos servían en la mayor parte de las casas particulares y que intentaba desengrasar con café o té la ingesta de panes con mantequilla y mermelada, huevo cocido, queso, salami, mortadelas varias, jamón… dependiendo de la generosidad del anfitrión, que solia ser mucha. Los primeros días nos emocionamos con tan pantagruélico desayuno, pero bien decía mi abuelo que hasta lo bueno cansa y al quinto día comiendo salami para desayunar, decidimos paliar los efectos en el colesterol con más pan integral,  fruta, frutos secos, pescado en conserva y patés vegetales en la comida. El problema era que el salami se te olvidaba para la hora de la cena, cuando tenías a tus espaldas 70 kilometros en bici y se te hacía la boca agua con los mencionados volcanes de comida.. Llegamos a la conclusión que la proteína estaba muy bien pero que quizá estaría bien combinarla con hidratos de carbono, así que los italianos (deliciosos, por cierto) también fueron nuestros aliados.

Como ya conté en el poste del Museo del Pan de Ulm, los bretzel son la estrella simbólica de la panadería alemana. Reconzco que no es lo que más me encanta del mundo pero no pudimos resistirnos a comernos un montón de ellos en un pueblecillo que celebraba una fiesta verbenera. El dueño de nuestro hostal no supo explicarnos muy bien el por qué del evento en su pseudo-inglés; sólo sabemos que el pueblo entero se juntaba en un parque a comer bretzel con lonchas de queso y pimienta, salchichas, chuletas, mostaza dulce y litros y más litros de cerveza. Mientras, un grupete tipo Joselu Anaiak pero en teutón amenizaba el festejo. Nosotros nos diluímos entre la población como si fuéramos de allí de toda la vida. Y fue curioso comprobar cómo las más conocidas melodías verbeneras tienen también su versión alemana :)

De momento, nos os aburro más con cenas a orillas del Danubio en Passau escuchando un concierto de jazz, cenas en patios medievales, cervezas al calor del atardecer, zumos de manzana con gas para aliviar la sed de las sardinillas picantonas que compramos por error… Si queréis ver fotos de nuestras comilonas, podéis hacerlo aquí. Ahhhh… vacaciones… :)

(Continuará en el capítulo Viena o el campo de batalla de la Sacher Torte)

 

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