La cultura del pan o de cómo los panaderos alemanes fueron los reyes del mambo

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Después de pedalear unos días y de disfrutar del nacimiento de un Danubio que crece entre bosques y praderas, llegamos a una de las ciudades para mi más bonitas del recorrido: Ulm. La entrada a esta localidad amurallada es de cuento de hadas y sólo es el preludio de un lugar que conserva intacto su espíritu medieval. La gigantesca catedral (la más alta del mundo, dicen) es su centro neurálgico y sus habitantes conviven con el río de una forma que me da envidia. Se bañan en su agua impoluta, se reúnen en sus acogedoras riberas… Y es que el Donau fue un elemento fundamental en desarrollo económico de esta ciudad y su entorno. De hecho, el precioso barrio de pescadores que todavía se conserva es un ejemplo de que Ulm tuvo mucho poderío comercial precisamente gracias al río. Y los lugareños no lo olvidan.

En uno de los recobecos de las calles adoquinadas se cobija un edificio que, visto desde fuera, parece simplemente una casa grande. Es el Museo de la Cultura del Pan, una sorpresaza discretamente anunciada. Aunque fuimos dos de los cuatro turistas que esa mañana visitaron el museo, la muchacha de la entrada flipó en colores ante alguien como yo que no dejó de sacar fotos ni a los extintores… :) Y en vista de que la información está en alemán, nos alquilamos unas audioguías en inglés que nos salvaron de quedarnos a medias.

El Museum Der Brotkultur fue fundado por los hermanos Willy y Hermann Eiselen, dos de los principales proveedores de los panaderos de la Alemania de los años 50. Primero nació como El Museo del Pan y después fue absorbido por la fundación Eiselen, dedicada a la lucha contra el hambre en países desfavorecidos, entre otras cosas, en forma de implantación y desarrollo de sistemas de cultivo. El museo divide su amplísima colección en tres plantas. La primera está dedicada a la historia del pan, desde su nacimiento hasta nuestros días; la segunda abarca la simbología religiosa, política y artística del pan; y en la tercera en esta ocasión había una exposición temporal dedicada a los carteles que han anunciado otras muestras en el museo.

El discurso del museo convierte al pan en uno de los protagonistas de nuestra civilización. Y la cantidad de fondos expuestos para apoyar este argumento es alucinante. Desde restos arqueológicos de las primeras masas rudimentarias de grano machacado del neolítico hasta todo tipo de artilugios empleados para la molienda, los distintos sistemas de horneado y, por supuesto, un generoso apartado de objetos que formaron parte de la edad de oro de los gremios panaderos en Alemania. Abriendo esta ventana de la historia del país, se entiende bastante mejor el respeto hacia el producto.

Los gremios de panaderos y molineros en la Alemania medieval conformaban una comunidad con leyes propias que controlaba el oficio y la vida de sus miembros y sus familias. Ser panadero o molinero entonces era no sólo un orgullo sino una forma de tener más o menos una vida tranquila que aseguraba protección, trabajo y sustento. El museo cuenta con decenas de objetos que adornaban las reuniones de los miembros más destacados de estos gremios, como sillas, mesas y cajas de madera tallada en las que los molinos y el bretzel, el símbolo del gremio molinero y panadero alemán, respectivamente, son protagonistas.

Lógicamente, aquellos gremios eran tan poderosos porque aseguraban buena parte del sustento alimenticio de los ciudadanos. Y, si bien es cierto que hoy en día el entramado gremial carece de aquella influencia, también lo es el hecho de que el pan siguió siendo dentro y fuera de Alemania el alimento base de la población y fue cargándose de diversa simbología. Entre las muchas anécdotas del discurso histórico del museo, me resultó curiosa la aparición del cornezuelo del centeno, un hongo natural que seguramente proliferó en algunos lugares por los cultivos extenisvos. Origen del LSD, esta plaga que los agricultores desconocían se llevó por delante a miles de ciudadanos intoxicados con un pan elaborado con harina llena de hongos, cuyo consumo en exceso provoca desde tremendas alucinaciones (de ahí su uso posterior) hasta parálisis del sistema nervioso, gangrenas… en fin, una fiesta…

También son conmovedores los relatos de grandes sequías o guerras que dejaron los campos yermos y a lo ciudadanos sin pan y presos de hambrunas que avezados científicos intentaron paliar con manuales (el muse guarda un ejemplar) sobre cómo hacer pan con madera. Imagianos el resto…

Y, de entre tanta información, la planta dedicada a la simbología del pan es sorprendente, desde la religiosa que todos tenemos en mente hasta la cultural, sociológica y politica. Y es que la Alemania nazi, la España de Franco, la Rusia comunista o los Estados Unidos salvadores del mundo en la Segunda Guerra Mundial emplearon el pan en sus carteles propagandísticos como la imagen del sustento de los vencedores, del alimento del pueblo unido. Entre otras barbaridades, Hitler sabía que cortando el flujo de cereal y otros alimentos, los habitantes de Leningrado tardarían poco en morir. Probablemente Franco jamás probó el pan negro del que se alimentaron millones de españoles tras la Guerra Civil. Y, a su vez, a la Rusia de Stalin no le faltaba el pan para mantenerse unida frente al enemigo, mientras Estados Unidos hacía propaganda con el pan americano como el sustento de sus bravos soldados. El pan, siempre el pan.

De igual forma, en diversas épocas, los artistas de los países europeos empleaban el pan como símbolo de supervivencia. La Comida frugal de Picasso (una pintura que, casualidad, después pude ver en una exposición en Viena) muestra a una esquelética pareja que se alimenta de pan y vino. La representación de un panadero alemán que acaba de hornear los bretzels y llama a la clientela con el sonido de un cuerno era una escena típica de la Alemania del siglo XVIII.  Y la excentricidad de Dalí muestra en una escultura el busto de una mujer recubierta por hormigas que sujeta una baguette en equilibrio sobre su cabeza. El pan, siempre el pan…

Y para terminar de alucinar con la visita, la última parte de esta planta se dedica a analizar el futuro alimenticio del mundo en el que vivimos. Un mundo cuyos recursos se agotan, aunque no nos apetezca mirar a esa realidad tan incómoda, y en el que la agricultura quimica y extensiva acabará por esquilmar el campo si no ponemos remedio, en el que los países del Sur se emplean como laboratorio de cultivos transgénicos cuya prevalencia depende del tratamiento de turno que, oh casualidad, comercializa la misma empresa que vende las semillas. En este sentido, el trabajo de la Fundación Eiselen se dedica, entre otras cosas, a desarrollar proyectos de cooperación para mejorar en estos países la eficiencia de sus cultivos y, de esta forma, garantizar el alimento de sus habitantes.

No voy a caer en el tópico, pero creo que este tipo de reflexiones en un museo abierto al público provienen de una mentalidad, al menos, algo más abierta… Sobran más comentarios. Ni qué decir tiene que la visita fue más que recomendable, una parada interesante y entretenida si pasáis por Ulm, aunque vayáis acompañados de alguien que no comparte vuestro frikismo panarras :) Si queréis echar un vistazo a las fotos que sacamos, podéis hacerlo pinchando aquí.

No os perdáis nuestro próximo post que dedicaremos a… ¡¡las ricas cosas que zampamos en el Donau!!

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