La Bodega del Poblet y una cena a ciegas

Una de las cosas más interesantes cuando viajas fuera es descubrir sitios nuevos que te sorprenden. A veces pinchas, claro, pero otras sales de estos lugares pensando “me lo apunto para la próxima!”. Y esto último precisamente nos pasó con La Bodega del Poblet, un barito muy cerca de la Sagrada Familia, en la calle Sardenya 203, justo enfrente de la colaza que había para poder entrar a visitar la obra maestra de Gaudí :)

El Gran Collado y Fracesc nos recibieron con los brazos abiertos, como si fuéramos dos habituales de la bodega. Un lugar castizo donde los haya, con una decoración que me recordó a los bares de los pueblos cercanos al mío a los que iba con mi familia en mi infancia y con un ambiente de cuadrilla de clientes habituales que son ya casi amigos.

Nos tomamos un par de vermút de barril y charlamos con el actual dueño, que lleva seis años al frente de un negocio con un currículo mucho más longevo pero mantiene todo su carácter, el de charleta y olor a puro. Y la sorpresa llegó cuando Francesc se acercó a nosotros y nos sedujo con una retahíla de pintxos que emanaban creatividad a raudales. Obviamente, no nos pudimos resistir y degustamos una tapa de salmón con queso y alcaprras y un roquefort con mandarina y salsa de chocolate que estaba para quitarse el sombrero. Todo ello (atención al detalle) con sendos vasitos de un verdejo suave como la seda…

Me gustan los hosteleros hospitalarios. Los que adoran una profesión que he probado pocas veces y que me parece muy dura, no sólo por el trabajo en sí, sino por las grandes dósis de paciencia que requiere y que uno debe rebuscar hasta en los días más torcidos. Así que fue muy agradable seguir charlando con ellos y escuchar su pasión por el Barça, aunque no me guste el fútbol ni ver :) Como colofón, e inspeccionando el local, descubrí decenas de carteles de la República. Una gente con ideas claras!

A éste le siguió otro descubrimiento. Gracias a una charla telefónica con Mónica, nuestra profe de talos y pastel vasco, decidimos tirar la casa por la ventana y subirnos al tren de una experiencia culinaria que recomiendo a los amantes de explorar sus sentidos en la cocina: una cena a ciegas en el restaurante Dans Le Noir, en el Passeig de Picasso 10.

Se trata de un local que ofrece tres tipos de menú y que el comensal comerá absolutamente a oscuras y guiado en su experiencia por camareros invidentes. La propuesta sonaba muy bien para alguien como yo, convencida como estoy de que muchas veces nos perdemos miles de cosas nuevas en la gastronomía por fiarnos exclusivamente de la vista.

La bienvenida al restaurante fue cálida e impecable, con un mimo al cliente que pocas veces he sentido. Una de las camareras nos explicó lo que estábamos a punto de experimentar y nos reunió con otros comensales que también entraban en nuestro turno. La jefa de sala nos presentó a nuestro camarero, Javi, un chaval majísimo que se encargó de asistirnos en todo momento.

No desvelaré lo que comimos porque forma parte del encanto del lugar, en caso de que algunos de los que leáis este post queráis probar. Sólo diré que la oscuridad del comedor era absoluta, como la de una cueva a metros bajo tierra. Lo primero que hice inconscientemente fue identificar con mis manos la mesa, las copas y los cubiertos, que después no utilicé para nada :) Y descubrí que, precisamente, comer a ciegas es muchísimo más sensorial y placentero si se hace con las manos. Así que los tres platos y el postre que compusieron nuestro menú degustación fueron identificados previamente por las yemas de mis dedos, para después llevarlos a mi nariz y finalmente llevármelos a la boca. Cada plato fue acompañado con un vino diferente y, si bien es cierto que la comida no me pareció espectacular, salí con la duda de si mi percepción hubiera sido distinta simplemente con ver los platos.

Al terminar, los que entramos nos sentamos para tomar un cafecito y descubrir qué era lo que habíamos comidoy bebido. ¡Qué diferentes somos y cuánto lo son nuestros paladares! Adiviné muchas cosas, otras no. Pero lo que sí acerté fueron los vinos, al menos su tipología. Un motivo más para lanzarme a hacer el cursito de cata para principiantes en el que llevo pensando tanto tiempo :)

Quienes os animéis, sabed que desde la entrada os pedirán que no alcéis la voz. Y es que cuando no vemos tendemos a gritar, el efecto teléfono móvil, que lo llaman ellos, y que dificulta la labor de los camareros, quienes se guía en gran medida por su oído. Y ese fue el único problema que encontré en la experiencia. El comedor estaba casi lleno y la algarabía de voces era importante. Aun así, os animo a que probéis. Porque nunca dejamos de aprender.

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